Han
pasado ya casi 4 años desde la última vez en que Angelina se durmió
en mi pecho. Ya pronto cumplirá sus 9 años, para ti que me lees,
pueda parecer extraño que fueron 5 años de pecho, de pura teta y
pura piel.
Hoy
escribo para mi, para ti y para otros. Escribo desde mi propia
experiencia, respetando el lugar en que cada mujer, cada madre y
padre, en fin, cada familia lleva la ma/paternidad, honrando el lugar
de lo que cada uno de nosotros ES y necesita para el mejor
desarrollo de nuestras familias.
Mi primer
encuentro con la teta a demanda y de manera prolongada se remonta a
la periodista que en un encuentro de amigos utilizó para calmar el
llanto de su hija de algunos 3 años, en ese momento, libre de hijos
y de ese sentimiento de entrega total que nació con la vivencia de
mi maternidad, esa teta me pareció algo violenta porque en mi
ignorancia suponía una dependencia aterradora entre madre/hija. Años
más tarde, gracias a las redes sociales reencontré con ella y me
disculpé de ese pensamiento y le conté mi historia. Las mismas
redes sociales anunciaban también la separación de la familia
cuando la hija comenzaba a tomar las riendas de su vida y viajaba a
Europa para hacer un intercambio. Pensé que la teta más que atrapar
había tendido puentes que permitían la distancia, el reencuentro,
la empatía, la regulación, la independencia.
Convertirme
en madre tarde me permitió hacer un viaje hacia mi interior,
conocerme, sanar... la teta fue otro simbolismo de la vida que me
permitió conectar con la mujer salvaje, con el instinto, con la
naturaleza y sus ciclos. Vivir mi maternidad lejos de mi país me
ayudó a conectar con lo que valoraba como cierto para este ser que
vino a través de mi. La teta no fue sólo alimento para mi hija,
fue nutrición emocional, vínculo, escucha, entonamiento afectivo,
además de cansancio, de noches de insomnio, de incomprensión por
parte de muchos, de apoyo por parte de mi pareja, aunque no lo
entendiera completamente porque se sentía lejos de la ecuación.
En
principio, 1 año fue la meta, pero cambios de residencia me hicieron
continuar, seguir con la única estabilidad que encontraba mi hija en
momentos en los que emocionalmente mamá contiuaba con el rol de
profesional. La teta sirvió como puente, ese enlace, ese compás de
espera, mientras mi hija iba reencontrando los brazos de su padre y
de su abuela como sostenedores de este nuevo tiempo. El espacio se
abrió, el lenguaje apareció y la "tetini" continuaba como
ese lugar de encuentro, de calma, de pararlo todo para entregar y
recibir todo. La teta siempre me recuerda la abundancia del
Universo, el pedir para recibir, la confianza de saber de que siempre
hay bastante para todos. Otra metáfora que siempre surgía era el
sostén: Yo, convertida en Pachamama, desde la calma, conectada con
miles de otras mujeres que han hilvanado este telaje de saber la teta
lo es todo, que la teta es un momento, que la teta ofrece un
encuentro y una mirada única, así fundidas piel con piel.
El tiempo
pasaba y los hitos motores eran logrados, Angelina caminaba, corría,
"volaba", pero siempre volvía al pecho para asegurarse de
que todo estaba bien. Las miradas críticas hacia la perversidad de
este contacto prolongado, de esta "codependencia" crecían,
ella hablaba de la suavidad de mi piel, de que la "tetini"
era amor. Desde mi lugar, desde mi cuerpo me cuestionaba y 'sabía'
desde un lugar muy íntimo que nuestra teta era lo mejor, las tomas
eran cada vez más espaciadas y el sueño nocturno llegaba a su
madurez. El alimento del alma nos conectaba como al día de hoy nos
conecta con el masaje, con nuestras conversaciones antes de dormir,
con nuestra mirada cómplice que parece del principio de los tiempos.
El
destete fue una decisión tomada, se cumpliría al llegar a los 5
años porque ella misma ya comentaba de que se hacía ya mayor.
Transcurrión sin cómplicaciones, con la mano sobre el corazón,
sintiendo la piel, esa piel que la cubrió y la protegió y ya era
parte de su alma. Miro hacia atrás y agradezco mi confianza en esa
mujer sabia y vieja que acompaña a cada una de las mujeres. Esa
mujer capaz de sostener, cuidar, entregar incondicionalmente en
silencio, susurrrando la canción de la vida. A tí, que dudas, que
lloras, que tienes los pezones en pena, te ofrezco desde mi alma una
reverencia, te acompaño y te digo que en silencio te escuches y te
dejes sostener. A tí que echas mano del biberón déjate sostener,
tu decisión es respetada, ofrece piel, sostén. Que me perdonen las
feministas, que me perdonen todos los "istas" contrariados,
pero esta labor, esta función de madre ligada a la piel, al contacto
construye seres humanos llenos de amor, llenos de miradas, de
contención, de escucha, de un acompañamiento que es parte de
sanación del mundo, mi experiencia con la teta me lo ha demostrado.
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